Marx contra el Islam

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Por Roberto Bravo:
El comunismo es un sistema totalitario. No desapareció con la caída del Muro de Berlín, sino que continúa activo en Bielorrusia, Cuba, China, Corea del Norte, Laos y Vietnam. Esto no impidió a la generación de los perfectos idiotas latinoamericanos (la variante local de la Generación X) votar por Chávez, Evo y Cía.  Los resultados están a  la vista de todo el mundo.
Aún así, los hijos de estos perfectos idiotas, los imbéciles de la generación de cristal, aquellos delicaditos que de todo se ofenden, votaron en Argentina, Bolivia, México y Perú por la izquierda y el antisemitismo que le es propio, y en Ecuador Lasso ganó por margen estrechísimo. En su odio visceral contra la cultura occidental,  estos mocosos simpatizan con cualquier régimen o movimiento islámico por no ser europeo, blanco y cristiano. Si se tomaran  el trabajo de leer a los padres del comunismo, se llevarían una sorpresa desagradable.
La Guerra de Crimea estalló en 1853 entre los imperios ruso y otomano por el poderío en el Medio Oriente y los Balcanes. Marx escribió para la New York Daily Tribune «Sobre la cuestión nacional»:

«El Corán y la legislación musulmana reducen la geografía y la etnografía de los diversos pueblos por la dicotomía simple y conveniente entre creyentes y no-creyentes. El incrédulo es «harby» (enemigo). El Islam proscribe a los infieles creando un estado de hostilidad permanente entre musulmanes y no-creyentes.»
El Islam era lo contrario a la lucha de clases marxista, ya que sustituía a ésta por la «Umma», la comunidad de todos los fieles fuera de la cual no hay salvación. Para Marx, había que destruir al Islam para poder expandir la conciencia de clase entre los pueblos del Medio Oriente. Pero él no tenía ninguna esperanza al respecto:
«Ciertamente, tarde o temprano se planteará la necesidad absoluta de liberar a una de las mejores partes de este continente del gobierno de la turba, ante el cual el populacho de la Roma Imperial parecería una reunión de sabios y héroes.»
En las notas explicativas al final de su artículo «Contribución a la historia del cristianismo primitivo», Engels escribió:
«. . .el Islam es una religión hecha la medida de los orientales, más especialmente de los árabes, es decir, por una parte, ciudadanos que practican el comercio y la industria, por otra, beduinos nómadas. Pero permanence el germen de un cheque periódico. Una vez que se vuelven opulentos y fastuosos, los ciudadanos se relajan en el cumplimiento de la ley. Los beduinos pobres y, a causa de su pobreza, de costumbres severas, observan con envidia y codicia esas riquezas y goces. Se unen bajo la dirección de un profeta, un Mahdi, para restablecer la ley ceremonial y la verdadera fe, y para apropiarse, como recompensa, de las riquezas de los infieles. Naturalmente, al cabo de cien años, se encuentran exactamente en el mismo punto que aquéllos: es necesaria una nueva purificación, aparece un nuevo Mahdi, el juego recomienza. Esto ocurrió así desde las guerras de conquista de los almorávides y los almohades africanos en España hasta el úlimo Mahdi de Jartum que tan victoriosamente desafió a los ingleses. Así ocurrió, poco más o menos, con los levantamientos en Persia y otras regiones musulmanas. Son movimientos originados por causas económicas, aunque porten un disfraz religioso. Así pues, nada ha cambiado, el choque se hace periódico…»
¿Eurocentristas? Probablemente. Indudablemente, fueron consecuentes con lo que escribieron en el Manifiesto Comunista: Al expandirse desde Gran Bretaña al resto del mundo, el capitalismo obligó a los otros países a volverse capitalistas. No profetizaban la globalización, la describían desde sus inicios, ellos mismos eran globalistas.
Las masas en el Medio Oriente y Africa del Norte jamás mostraron interés por sacudirse del Islam. Por el contrario, se fascinaron por Amín Al-Husseini, Gran Mufti de Jerusalén y amigo íntimo de Hitler, quien apoyó sus esfuerzos para restaurar el califato. Terminada la Segunda Guerra Mundial y tras la descolonización subsiguiente, el resultado no fue la democratización como en Alemania Occidental, Corea del Sur y Japón, sino la monarquía feudal de Marruecos, el presidencialismo unipartidista de Algeria y las dictaduras militares panarabistas de Egipto, Siria e Irak. Hezbolá, Hamas, Al-Qaeda, Boko Haram y demás son precisamente el resultado de esta inercia colevtiva.
El comunismo niega las religiones por sus promesas de recompensas luego de la muerte. Pero al sustituir la Trinidad Padre-Hijo-Espíritu Santo por la tríada Marx-Engels-Lenin, el Evangelio por el Manifiesto Comunista y la fe en la vida eterna por la utopía de la sociedad sin clases se convirtió en un nuevo opio peor de adictivo que los derivados de la amapola.
El que tras las represiones del 11 de Julio en La Habana aún quiera ser como el Ché, el que tras la caída de Kabul considere a Irán como un aliado de los pueblos en lucha por su liberación, ya no es humano, sino zombie.

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